Último corto: La aparición de Excalibur

Pues el último relato corto de «Kamelot 2.0». ¡Ya quedan menos de dos meses para que salga a la venta y todo está preparado!

Al menos eso espero XD

Antes de dejaros con este pequeño relato que espero os guste, recordaros las fechas importantes.

El sorteo será entre el 13 y el 31 de noviembre.

La novela saldrá a la venta el día 7 de diciembre.

¿Ya lo tenéis apuntado? Pues vamos a leer un ratito.


 

La aparición de Excalibur.

Encontrarla fue pura suerte.

O tal vez fuera el destino.

O, simplemente, un accidente.

El capataz que estaba supervisando la obra de ese pequeño monasterio abandonado en Escocia que Uther compró y quería reconstruir y convertir en una bodega se puso en contacto con Norman, su asistente. Le contó, muy excitado, que habían encontrado un viejo cofre en el sótano, oculto tras una librería.

Uther fletó su jet antes de que Norman tuviera tiempo de terminar de contarle todos los detalles y lo que habían encontrado en el interior del baúl.

No necesitaba que se lo dijera. Él ya lo sabía.

Había soñado con ello durante días.

Solo pidió una cosa. Que nadie lo tocara hasta que él llegara.

Desgraciadamente, era tarde para ello. Dos obreros, pagados por uno de sus competidores, intentaron robar el baúl y habían caído muertos al tocarlo. El médico que los atendió no pudo hacer nada por ellos y no se explicaba como dos hombres jóvenes perfectamente sanos podían morir de esa manera tan fulminante y sin motivo aparente.

Uther si sabía que había ocurrido. Lo que contenía el baúl estaba protegiéndose. Le estaba llamando a él y solo a él.

Al llegar al viejo monasterio, los hombres le miraban no demasiado felices de estar ahí con algo que ya calificaban de maldito. Uther entró en el sótano donde seguía el baúl con Norman y el capataz pisándole los talones.

–  Dejadme solo un momento.

–  ¿Señor? – el capataz dejó la habitación enseguida pero su asistente no estaba tan dispuesto a ello. – Creo que debería dejar que lo examinaran primero. Los dos hombres…

–  No es ningún virus, Norman. No te preocupes. No debieron tocarla antes de que yo llegara. A mí no me hará daño.

–  Pero señor…

–  Fuera, Norman. Saldré en un rato.

Su asistente salió a regañadientes y no muy feliz con la idea de dejarle solo. Uther apreciaba la preocupación pero era innecesaria.

Esperó hasta que oyó la puerta cerrarse y se acercó por fin al baúl. Era más pequeño de lo que esperaba. Una caja rectangular de madera, resquebrajada por el tiempo y mohosa, de medio metro de largo. La tapa estaba labrada, con el dibujo de un árbol.

La abrió con cuidado y contuvo el aliento al ver su contenido. No podía creer que fuera real.

–  Muy bien, Excalibur… ¿Qué es lo que quieres de mí? – susurró, mirando los restos de la espada que había en el interior del baúl.

Porque eso era lo que contenía. Una espada. Rota en tres pedazos y oxidada.

Pero no era cualquier espada. Era LA ESPADA.

Y lo había estado llamando.

Cogió con cuidado la empuñadura y la observó con detenimiento. El cuero que la recubría estaba roto y gastado pero era suave al tacto. Las joyas que lo adornaron en el pasado habían desaparecido.

La espada vibró en su mano y todo a su alrededor desapareció. Uther se vio a sí mismo, más joven y vestido con ropa lujosa pero anticuada, de otra época distinta. Su otro yo le dio una mirada seria. En su mano derecha llevaba también a Excalibur, pero la suya estaba intacta y nueva.

–  Presta atención. No tenemos mucho tiempo. No hay mucho que puedas hacer para salvarte. Pero si para salvar a tu hijo.

–  ¿Arthur? ¿Qué va a pasarle a Arthur?

Con un chasquido de dedos, su otro yo desapareció y la escena cambio de nuevo. Se vio a sí mismo (esta vez sí era él, con su ropa y sus canas) en, lo que él reconoció como el pub Crow, su sitio favorito para tomar algo cuando estaba en Londres. Vio también a un chico joven, un adolescente larguirucho y escuálido, rubio con el cabello desgreñado que le robó la cartera muy hábilmente.

–  Debes encontrar a este chico. Merlin es importante para salvar a Arthur. Encuéntralo y mantenlo a tu lado. Sin él, tu familia y tu legado desaparecerán.

–  ¿Cómo? ¿Cuándo?

–  Busca a Merlin…

La visión se desvaneció, regresándole al sótano donde estaba. Con delicadeza, Uther dejó de nuevo la espada en el baúl y lo cerró. Acto seguido, metió el baúl en un maletín de metal que había traído especialmente para eso.

Tenía que ir a Londres. Sin falta. Debía encontrar a ese chico tal y como le había indicado su yo del pasado.

Abrió la puerta y se encontró con su asistente, que había estado esperando pacientemente.

–  Prepara un coche, Norman. Nos vamos a Londres. – Uther salió del pequeño monasterio casi derruido directo hacia su coche y con su asistente pisándole los talones.

Todo estaba claro en su mente en ese momento. Tenía una misión que cumplir para asegurarse la supervivencia de Arthur y su legado. Nada más importaba.

–  ¿A Londres, señor? ¿Algún negocio importante?

–  Algo por el estilo. Tengo algo importante que recoger allí.


 

¡Seguid vigilando el blog para más novedades!

 

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Ficha y wall de Arthur: conoce al protagonista de Kamelot 2.0

¡La fecha se va acercando!

Cada vez queda menos para que «Kamelot 2.0» salga a la venta y lo voy a celebrar poniéndoos una nueva ficha y un nuevo wall.

En esta ocasión le toca a nuestro protagonista, Arthur P. Drake.

arthur wall

Ficha de Arthur.

Para quien tenga más curiosidad en como es el chico, leed el relato corto de Gawain, en donde participa. La verdad es que el niño salió un pelin difícil, pero se le coge cariño pronto.

En las próximas semanas, mientras esperamos a que llegue el día, terminaré de postear los cortos (ya solo queda uno), os pondré el primer capítulo para que le echéis un ojo y habrá un concurso donde sortearé varios PDF de la novela.

¡Ah! Y ya hay portada definitiva (espero…)

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¿A qué mola?

¡Ya sabéis, no perdáis de vista el blog para las novedades!

 

Nuevo corto: Morgan

¡Hola otra vez!

Aquí vengo con un nuevo corto para que conozcáis a otro personaje más de la historia, Morgan, la medio hermana de Arthur.

Y también os traigo dos nuevas portadas para que opinéis sobre ellas.

¿Cual os gusta más? ¡Opinad!

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Y ahora os dejo con Morgan. ¡Disfrutadlo!


 

Cuarto corto: Morgan.

Siempre habían creído que estaba loca. En este tiempo y en el anterior.

Pero no era así.

Nunca estuvo del todo cuerda, la verdad. Pero, contrario a lo que pensaban la mayoría, no era una sicótica ni sufría ningún trastorno de personalidad.

Cuando Morgan tocó a Excalibur la primera vez no pasó nada. Si, vio su pasado, pero eso ya lo había visto antes en sueños. Merlin y los otros creían que el tocar la espada fue lo que detonó sus problemas mentales.

Estaban muy equivocados.

No fue ninguna sorpresa ver todo aquello. Ya sabía que estaba destinada a destruir a su hermano y a Kamelot, que era una herramienta para que su verdadero amor consiguiera lo que su familia atesoraba.

Excalibur.

Y, sobre todo, estaba destinada a acabar con Merlin.

Nadie podría quitarle otra vez la satisfacción de acabar con ese desgraciado.

Aun se despertaba llorando cuando soñaba con la muerte de Mordred. Su muerte en el pasado, en aquella otra vida que ella podía recordar como si fuera ayer.

Merlin no tenía ni idea de que Morgan le había seguido después de aquella batalla, buscando acabar con él. Buscando venganza. Ese charlatán no sabía que ella le había visto rematar a Mordred cuando este agonizaba en el suelo, mal herido. La única razón por la que consiguió escapar de su venganza en aquella ocasión fue porque la Dama del Lago estaba allí y era demasiado poderosa para que Morgan la enfrentara.

Esa estúpida criatura siempre tuvo debilidad por Merlin.

No pudo, pues, vengarse. Merlin acabó desapareciendo con la Dama y se perdieron en el tiempo y el espacio. Y Morgan era mortal, a fin de cuentas. Tuvo que morir y vivir otras vidas, otras épocas. Seguir el flujo del tiempo, esperando…

Pero ahora tenía una oportunidad.

La mítica bruja no estaba a la vista en esta línea temporal y la magia de Merlin era mucho menos poderosa que en el pasado, ya que Excalibur seguía dormida esperando a su dueño.

Su propio poder también estaba menguado, todo había que decirlo, pero eso no importaba. En ese tiempo el único poder que valía era el dinero y eso le sobraba.

Tenía una oportunidad, al fin, de vengar la muerte de su amado.

Los demás verían absurdo querer vengar la muerte de alguien que, en la actualidad, estaba vivo en vez de dedicarse a disfrutar de esa segunda vida. Pero ella no era capaz de olvidar el dolor que sufrió en aquella ocasión.

Y por ese dolor Merlin debía pagar.

A su lado, Mordred abrió los ojos, sonriendo perezoso. La abrazó por la cintura de manera posesiva. Morgan desechó sus lúgubres pensamientos y se acercó a él para besarle. Se colocó sobre él, sentándose en su regazo. La sabana que cubría su cuerpo resbaló, dejándola desnuda.

–  Uhm… estas de buen humor… – comentó Mordred cuando ella le acarició el pecho.

–  ¿Sabes? Hoy es un día maravilloso para destruir Kamelot, querido.


 

 

 

¡Novedades!

¡Seguimos con las novedades en el blog sobre la novela!

Hay nueva ficha. En esta ocasión ha sido el turno de Morgan P. Drake, la medio hermana del protagonista.

Podéis leerla aquí.

¡Y un nuevo wallpaper: el de Merlin!

Merlin wall

Cada vez queda menos y la fecha está más cerca. Incluso he puesto un contador, ahí a la derecha XD

¡Seguid atentos que pronto habrá nuevas cositas!

Tercer corto: Las sospechas de Lance

Pues aquí os dejo el tercer corto. Ya solo quedan dos más, si no recuerdo mal y si no se me ocurre otro XD

Este está ambientado en el pasado, cuando dos de los personajes se convierten en amigos.

Espero que os guste.


 

Las sospechas de Lance.

–  ¡Es él!

– No seas absurdo, Lance. – repuso Uther con calma y sin apartar la vista del cristal. – No es nuestro “topo”. ¡Míralo! Ha salido herido por intentar salvar a mi mujer.

– ¿Y qué mejor manera de alejar sospechas? ¡Nadie se atreve a culpar a una víctima!

– No es él.

– Te estás dejando llevar por el cariño, Uther.

Uther no respondió. Siguió observando a través del cristal a Merlin, al que unas enfermeras le estaban curando las manos. Hizo una mueca al ver las terribles quemaduras que se había infligido al intentar sacar del coche en llamas a su mujer.

– ¿Cómo puedes seguir pensando que era el traidor que buscamos?

Suspirando, Lance dejó de mirar al chico para ver el reflejo de su jefe. Se estaba haciendo mayor para eso. Ya no solo tenía arrugas, sino que también empezaban a salirle canas.

Esta vez habían salido muy mal parados. Casi pierden a Uther. Una llamada de negocios de última hora truncó el destino, impidiéndole asistir a la función de teatro de su hijo pequeño. Solo su esposa Ginny pudo ir, acompañada por Joss y tres hombres del servicio de seguridad.

Ninguno vio venir el ataque. Ni los disparos. Ni el fuego que se produjo cuando el coche se salió de la carretera y dio varias vueltas de campana. Era un milagro que solo hubieran dos muertos.

Ginny y uno de los guardaespaldas.

Joss era muy joven, a pesar de que muchas veces lo olvidaba ya que siempre se comportaba más como alguien de la edad de su jefe que de la suya propia. Tenía veintitrés y había empezado a asistir a Uther como secretario un par de años antes. Pero a pesar de su juventud sacó del coche en llamas al pequeño Arthur y el cuerpo sin vida de la señora P. Drake, costándole aquello las horribles quemaduras que ahora tenía en sus manos.

El chico había permanecido en la unidad de quemados durante semanas. Todavía era pronto para evaluar la totalidad del daño producido por el fuego, pero era bastante probable que no recuperara la movilidad total de los dedos de ambas manos.

Lance refunfuñó por lo bajo, siguiendo la mirada de su jefe y observando al muchacho en la habitación.  Debía reconocer que sus sospechas no tenían mucho fundamento y solo estaban basadas en que no confiaba en el chico.

Cuando Uther le ofreció ese trabajo, años atrás, Lance investigó a todo el personal de la empresa, Merlin incluido. No quería sorpresas desagradables. Había oído la historia de cómo se conocieron Uther y él, en Londres, cuando le intentó robar la cartera. Razón de más para asegurarse de que ese chico no resultaba ser un problema en el futuro.

Lo que se encontró fue desalentador. O, mejor dicho, lo que no encontró.

Joss Merlin no existía antes de aparecer ese día en Londres y tropezarse con Uther. No había ningún registro de nacimiento, documentos de identidad o cualquier clase de papel legal que llevara su nombre.

Absolutamente nada.

Cuando le comentó a Uther el asunto, este le restó importancia. El chico había crecido en la calle. Seguramente fue abandonado de bebe o criado en un hospicio y se habría cambiado el nombre sin registrarlo. Era normal que no encontrara nada.

Pero Lance seguía sospechando de él aunque el chico nunca diera motivos para pensar mal. Su jefe siempre le trató como si fuera parte de su familia y Joss le correspondió con respeto y una lealtad incuestionables.

– ¿Qué ha dicho el médico sobre Arthur? – su jefe suspiró, luciendo cansado.

– Está bien. Se golpeó la cabeza en el accidente y parece ser que eso le causó una leve amnesia que le impide recordar nada de lo sucedido. Le va a quedar una cicatriz en la barbilla por el corte que se hizo.

– Puede que sea mejor que no recuerde. No iba a hacerle ningún bien.

Lance observó su propio reflejo en el cristal, también. Llevaba días sin dormir apenas intentando encontrar algo que relacionara a los asesinos a sueldo que habían llevado a cabo ese atentado contra sus jefes (y de los que ya se habían deshecho adecuadamente) y su principal sospechoso.

No tenían nada aun.

Sus ojos marrones estaban enrojecidos por la falta de sueño y su cabello rubio empezaba a necesitar un corte. Estaba demasiado largo.

– Si… ya sabe lo de su madre, pero le he dicho que ha sido un conductor borracho. He dado órdenes en Kamelot para que nadie comente lo realmente ocurrido delante de él. Se lo explicare cuando sea más mayor.

– Por supuesto.

– Estaba pensando en sacarlo de aquí unos días con Morgan. – Uther se pasó una mano por la cara. – Llevármelos a la cabaña que tengo en Nebraska, para desconectar y evitar a los paparazis por un tiempo.

– Haré los preparativos.

– Quiero que te quedes y lleves a Joss a casa. No quiero que esté solo después de lo que ha pasado. Podrían intentar volver a terminar el trabajo.

– Tristan puede ocuparse de él. Prefiero ocuparme de tu seguridad.

– Tristan puede ocuparse de mi seguridad junto con Percy y quien tu digas más. Pero quiero que te quedes con él.

– ¿Por qué?

Uther se giró, dándole la espalda al cristal por primera vez desde que llegara y le miró a los ojos.

– Sé que no confías en él. Tienes tus razones y me preocuparía si no fuera así, pero Joss no es un traidor. Confío en él con mi vida.

– Lo sé y no he podido entenderlo nunca.

– Por eso quiero que te quedes con él. Para que le conozcas de una vez. Cuando lo hagas te darás cuenta de que no tienes nada que temer de él.

– ¡No le tengo miedo!

– Los médicos le darán el alta esta tarde. – Uther ignoró sus protestas y se colocó el abrigo, preparándose para salir de allí. – Cuídale hasta que regresemos a Kamelot. Va a necesitar mucha ayuda y cuidados.

– Sí señor.

Como predijo Uther, Merlin recibió el alta esa misma tarde. Durante todo el día Lance se limitó a mirar por el cristal mientras las enfermeras y médicos iban y venían, haciéndole algunas pruebas y curas.

Pero no quiso entrar en la habitación para hablar con él.

Desde donde estaba pudo ver el estado de sus manos, bastante mejorado pero las cicatrices se intuían horribles y sospechaba que le durarían toda su vida. Observó el dolor y el miedo mientras el médico hablaba con él y le cambiaba el vendaje. No estaba recibiendo buenas noticias, por lo que se veía.

Cuando llegó por fin la hora de marcharse, Lance le observó intentando abrocharse la camisa sin ayuda y con las manos aun vendadas. La desesperación del chico crecía con cada intento hasta que el mismo Lance no pudo seguir viéndole fallar.

Entró a la habitación, para asombro de Merlin, y se arrodilló frente a él, apartándole las manos con cuidado antes de comenzar a abrocharle los botones. El olor a antiséptico le hizo arrugar la nariz. Odiaba los hospitales.

– No hacía falta.

– Uther me pidió que te cuidara. – el chico sonrió amargo.

– Uther se preocupa demasiado. No hacía falta que te obligara a quedarte aquí. – Lance se encogió de hombros, abrochando el último botón.

– Quizás si hacía falta.

– Te caigo mal y no te fías de mí. – Lance suspiró, pasando una mano por la camisa del otro para quitar una arruga.

– Más bien lo segundo. No me caes mal, Joss. Pero no me gusta lo que no conozco. En mi trabajo no conocer algo es lo mismo que morir. No es aconsejable.

– ¿Estabas vigilando que no fuera a hacer daño a alguien? – preguntó sorprendido. – No soy muy peligroso ahora. Más bien un invalido… inútil y desfigurado. – terminó, mirándose las manos con amargura. Lance suspiró de nuevo. Esto no iba como debía. ¿Por qué le molestaba tanto que el chico estuviera triste?

Con cuidado cogió una de las manos vendadas del otro y la sostuvo delante de su cara.

– Esto no te convierte en ningún inútil. Los médicos han dicho que puedes recuperar la mayor parte de la movilidad. Podrás hacer vida casi normal con estas manos. Y nadie tiene por qué ver las cicatrices si no quieres, pero no creo que tengan nada de malo.

– ¿Cómo puedes decir eso? ¡Son horribles!

– Te las hiciste tratando de salvar a alguien. No veo razón más noble para tener algo así. No hacen más que mejorar lo que ya se ve.

Eso sacó una pequeña sonrisa al chico. Lance sintió algo que hacía siglos que no sentía al ver esa sonrisa.

– Ten cuidado, Lothsome. Cualquiera podría pensar que te caigo bien.

– Nah… aun sigo sin fiarme de ti. – le respondió, sonriéndole de vuelta.


¡Podéis descargar el pdf del corto aquí!

 

Segundo corto: El pasado de Gawain

Pues aquí os dejo este otro corto que hice para ir presentándoos a los personajes. En este participan Gawain y Arthur.

¡Espero que os guste!


 

El pasado de Gawain.

– Ni lo pienses.

A Arthur le dio un vuelco el corazón y saltó en el sitio al oír la voz de su guardaespaldas tan inesperadamente cerca. Gawain había aparecido detrás de él, silencioso como un gato, riendo por lo bajo y bebiendo lo que parecía un refresco.

Haciendo lo que más le gustaba: asustar a Arthur.

Estaban en una de esas fiestas de accionistas a las que Merlin les obligaba a asistir. Un verdadero tostón, según el chico, lleno de viejos amigos y socios de su padre y absolutamente nadie de su edad.

Tan solo parte del servicio de catering y el de seguridad tenían menos de cincuenta años y al único que conocía en ese salón repleto de gente era a su guardaespaldas Gawain.

– ¿Qué no piense en qué? – preguntó, ignorando la sonrisa socarrona del otro por haber conseguido pillarle de nuevo. Se estaba convirtiendo en una costumbre muy molesta eso de asustarle.

– Piensas que puedes huir de la fiesta. Le estás haciendo ojitos a la puerta de servicio. No pienso dejarte escapar así de fácil. – Arthur a veces dudaba de que el otro tuviera treinta años realmente. ¡Se comportaba como un crio!

Le echó un largo vistazo antes de responder. La verdad era que Gawain parecía más joven de lo que era. Casi aparentaba la edad de Arthur, veintidós. Con el cabello pelirrojo demasiado largo y revuelto, los ojos verdes claros que chispeaban cuando sonreía… el sobrio traje negro que llevaba no conseguía ensombrecer nada de todo eso.

– Yo no iba…

– No mientas, Arthur. No te favorece. Has venido conmigo y te irás conmigo.

El chico gruñó un taco. Si que había fantaseado con la idea de largarse de la dichosa fiesta a escondidas. Solo asistía para que los accionistas le vieran y respiraran tranquilos al comprobar que no había vuelto corriendo a Europa. No era necesario quedarse tanto tiempo.

– ¡Esto es asquerosamente aburrido! ¿Podemos irnos? – suplico, poniendo expresión de pena. No es que pensara que iba a funcionar, pero por intentarlo… – ¡Ni siquiera van a notarlo!

– Aun no. Tienes que aguantar una hora más para felicitar al anfitrión y agradecer la invitación. Prometo que luego te llevare a otro sitio más divertido.

– ¿Cuál sitio?

– Confía en mí. Será una sorpresa.

Confiar en Gawain en esos temas siempre era una apuesta arriesgada, pero no le dio más opción. Pasó el resto de la fiesta pegado a él como si fuera su sombra de verdad y no le permitió ni mirar a la puerta.

El lugar sorpresa al que le llevó resultó ser una pequeña cafetería que estaba abierta las veinticuatro horas en la zona vieja de Brooklyn. Eran más de las tres de la mañana cuando llegaron allí.

El hombre que estaba tras la barra, un tipo con barba y cabello corto negro y de unos cincuenta años, saludó al pelirrojo por su nombre y una sonrisa cálida.

– ¿Qué es este sitio? Dijiste que iríamos a un lugar divertido. – preguntó Arthur, tras sentarse en una de las mesas. Un minuto después, una camarera de unos cuarenta y con aire maternal, ponía un plato de patatas fritas y dos refrescos delante de ellos.

– ¡Me alegro de verte, Alex! – le saludó, revolviéndole el cabello. – Esto va a cuenta de la casa, para ti y tu chico.

– ¡Gracias Hannah!

– ¡No soy su chico! – protestó Arthur, haciendo reír al otro. – No has contestado a mi pregunta. Esperaba que fuéramos a un bar o algo.

– Esto es más tranquilo. Antes trabajaba aquí. – añadió al ver la expresión de frustración del otro. – A ratos, cuando estudiaba. Vivo un par de calles más abajo.

– Creía que vivías en la torre, como el resto.

– Duermo en la torre. Pero aun conservo mi apartamento aquí. No quise deshacerme de él, por si acaso. Nunca se sabe.

Eso le sorprendió. Su padre prefería tener a sus trabajadores cerca, así que toda la plantilla vivía en la torre Kamelot. No había necesidad de que Gawain mantuviera otro apartamento. Incluso si dejara de trabajar para la empresa, esta le conseguiría un nuevo lugar donde vivir. Era una de las clausulas que incluía cualquiera de los contratos en la empresa, a cambio de la disponibilidad inmediata de sus trabajadores.

– Eso me recuerda… ¿Cómo acabaste trabajando en seguridad? – ambos hombres empezaron a comer las patatas. Arthur no había notado lo hambriento que estaba hasta que comenzó a comer. – Merlin comentó que eras un hacker. ¿Cómo acaba un hacker de guardaespaldas?

– ¡Oh, sí! Soy un hacker. ¡Y de los buenos! – rió el pelirrojo. El chico rodó los ojos. La principal “cualidad” del personal de seguridad de Kamelot era su arrogancia. – Muy bueno, de hecho. Le robé diez millones de dólares a “Kamelot” en una ocasión, solo por diversión.

Arthur se atragantó con su bebida al oírle. ¿Había robado diez millones a la compañía de su padre? ¿Y seguía vivo? ¿Y trabajando para la misma empresa a la que robó? Mil preguntas se acumulaban en su mente mientras su cuerpo trataba de recuperar el aliento. El pelirrojo le dio un par de golpecitos en la espalda para que se le pasara la tos.

– ¿Les robaste? – consiguió preguntar al fin, tosiendo.

– Bueno, en realidad solo los escondí. Pensaba devolverlos en un par de días… probablemente con un pico menos, pero… antes de que pudiera hacerlo, Lance y Tristan echaron mi puerta abajo y me llevaron a Kamelot a rastras.

– Uh…

– Imagínate. Tu padre uso a Lidia y me encontró. Eso no era nada fácil, créeme. Estaba más impresionado que molesto por ello. Y algo cagado del susto también.

El chico rió, divertido. Arrogante o no, su guardaespaldas siempre conseguía hacerle reír a su pesar. Daba igual lo muy molesto que quisiera estar con todo el mundo, el fastidioso pelirrojo acababa por animarle.  E imaginarse la escena resultaba divertido. Le habría encantado poder verlo en persona.

– ¿Y qué paso? ¿Cómo no acabaste en la cárcel?

– Resulta que Lidia también estaba impresionada. – eso era toda una hazaña. Lidia era la mejor hacker en activo del momento. – Tu padre pensó, después de hablar con ella, que sería un desperdicio meterme en la cárcel y que podría hacer más en su empresa. Pero Joss no se fiaba de que me comportara si me dejaban de nuevo un ordenador.

– ¿Por qué sería? – Gawain ignoró la ironía, cogiendo más patatas. – ¿Y tenían razón?

– No hubiera podido evitar liarla de nuevo. En esa época era así. Hacía las cosas sin pensar en las consecuencias. Eso me metió en muchos problemas.

– ¿Cuántos años tenias?

– Dieciséis. Tenía un serio problema de actitud. La “oferta” de tu padre me libró de acabar en la lista negra del F.B.I.

– ¿Les hackeaste también? – bromeó Arthur. Pero la expresión del pelirrojo no era nada divertida cuando habló.

– Hice algo más que eso.

Había algo oscuro en la mirada del guardaespaldas que llegó a asustar a Arthur. ¿Qué había ocurrido en el pasado de ese hombre, normalmente tan irritantemente alegre, que solo recordarlo ponía esa oscuridad en su mirada?

Carraspeó, nervioso, pasándose una mano por el cabello negro, despeinándoselo.

– ¿Y que hizo Merlin? Porque dudo que se limitara a prohibirte los ordenadores temporalmente.

– Por supuesto que hizo algo. – la expresión del chico cambió de nuevo a la que Arthur estaba acostumbrado y este respiró más tranquilo. – Lance y él pensaron que un poco de disciplina y vigilancia extra me vendría bien. Así que me pusieron con un grupo de novatos que aspiraban a nuevos puestos en seguridad. Tenían que pasar durante un año un entrenamiento y unas pruebas para conseguir el trabajo. Resulta que me gustó. Era casi tan divertido como hackear.

– No puedo creer que pienses que estar todo el día pegado a alguien y seguir órdenes de Lothsome sea divertido.

– No solo hacemos eso. Hay mucho de estrategia en este trabajo. Pero hacer de “sombra” no es tan malo. A veces, incluso, te lo pasas bien. Como hoy. – el chico parpadeó sorprendido. Eso no se lo esperaba. De hecho, estaba seguro de que nadie de la empresa le aguantaba más que por trabajo.

Era cierto que Gawain le trató con simpatía desde el segundo que se presentó en su habitación para llevarlo a trabajar, pero siempre creyó que era parte de su forma de hacer su trabajo.

No se le pasó por la cabeza que pudiera caerle bien realmente.

– ¿Estás insinuando que te caigo bien?

– Cuando no estás siendo un crio insoportable eres incluso adorable. – rió Gawain.

Arthur no supo si reírse o protestar enérgicamente. Se decantó por lo segundo.

– Adorable se le dice a un bebe o un cachorro. Yo no soy adorable. ¡Y no soy ningún crio!

– Sí, sí que lo eres. – rió Gawain. Alargó la mano y le rozó la cicatriz que tenía Arthur en la barbilla. – Tenías un poco de kétchup ahí. – se excusó, encogiéndose de hombros. – Volvamos a casa. Ya se está haciendo tarde y mañana tienes mucho trabajo.

Eso sacó al chico del trance en que lo había dejado la inesperada caricia. Hizo un mohín y le apartó la mano con brusquedad.

– Soy el jefe. ¿Por qué tengo que trabajar temprano?

– Precisamente, porque eres el jefe. – rió el otro.


 

¡Podéis descargar el Pdf de este corto aquí!

Primer corto: el origen

Este corto aun estoy considerando convertirlo en el prólogo de la novela, por sugerencia de mi prima. De todas maneras quería que vierais cómo comienza todo el lío de la historia. Empezamos en un pasado muy lejano, aunque la totalidad de la novela va a transcurrir en nuestro tiempo.

¡Disfrutadla!

Primer corto.

Se sentía como el ángel de la muerte, caminando por aquel bosque.

Bosque cuyo suelo estaba cubierto por la nieve y los cuerpos sin vida de los guerreros que habían caído en la batalla, horas antes. Caminaba entre los cadáveres, rematando con su espada a los que aun agonizaban, mientras seguía buscando.

El silencio que se había establecido en el lugar resultaba antinatural y ensordecedor, después de horas de los gritos y golpes del combate.

Miró al cielo, en un intento de calcular la hora. El sol estaba bien alto. La última batalla comenzó al amanecer y duró unas pocas horas, pero se habían sentido como años.

Del ejército que trajera su rey quedaron menos de cincuenta hombres que, en ese momento, andaban reagrupándose y encargándose de los heridos. El enemigo se llevó la peor parte, sin embargo. Los pocos que no habían caído durante el combate estarían huyendo hacia el norte en ese momento.

No le preocupaba que intentaran regresar con refuerzos. La tormenta que se avecinaba se encargaría de ellos antes de que pudieran llegar a ninguna parte, estaba seguro.

En ese instante su mente estaba centrada únicamente en terminar de localizar al último de sus amigos. El último que cayó en esa cruenta guerra y cuyo cuerpo no debía estar demasiado lejos de donde se encontraba, si sus cálculos no estaban equivocados.

Ya tenía reunidos en el claro los cuerpos de Lancelot, Gawain, Galahad, Tristan y Percival. Los fieles guerreros que ahora esperaban a su rey y amigo para hacer su último viaje.

Sus ojos se nublaron con lágrimas al pensar en su buen Lancelot. La historia solo le recordaría por un malentendido. Nadie sabría el leal y dulce compañero que fue, tanto para su rey como para el resto de sus amigos, siempre preocupándose de todo y todos.

Nadie sabría que pecó de un exceso de buen corazón, que cometió el error de creer las mentiras de Morgana.

Pero Arturo también se equivocó. Y por eso le perdonó.

Tampoco sabría nadie, sin embargo, que luchó hasta el último aliento por su amigo, no por la corona.

Y quizás fuera mejor así. Algunas cosas estarían mejor fuera de la historia.

Merlin tembló cuando una ráfaga de aire le golpeó con más violencia de la esperada y atravesó su capa de viaje. A pesar de la insistencia de Arturo, jamás quiso cambiar sus modestas ropas de cazador ni el viejo habito que le delataba como curandero. Se sentía cómodo con ellas y siempre las mantuvo lo más limpias que las circunstancias le permitieran.

La temperatura empezaba a descender peligrosamente y oyó unos aullidos a lo lejos. El tiempo se le agotaba.

Usando su propia espada como bastón, siguió caminando hasta que un extraño brillo azulado en la nieve llamó su atención.

El zafiro que adornaba la empuñadura de Excalibur sobresalía entre la nieve, mostrando donde se encontraba la espada.

Y, a los pocos pasos y oculto por la nieve, pudo distinguir la capa azul de Arturo. Su joven y valiente rey.

Se le escapó un gemido de agonía mientras caía de rodillas junto al cadáver. Su armadura estaba rajada y rota. La camisa que llevaba debajo se encontraba cubierta de sangre. Una de las estocadas había sido directa en el corazón.

– Arturo… ¿Por qué no me hiciste caso? Te advertí que nunca soltaras Excalibur… – murmuró, cerrándole los ojos.

– Está muerto.

Merlin ni se molestó en girarse para comprobar quien era. Pudo ver una figura femenina que conocía bien en el reflejo de su espada.

A su espalda, la Dama del Lago, esa criatura mágica que le entregara Excalibur tiempo atrás, le observaba curiosa.

Verla era siempre toda una experiencia. Su etéreo vestido turquesa se arremolinaba a su alrededor a causa de la magia que desprendía, dando la impresión de que flotaba. Su largo cabello rubio estaba suelto, solo adornado con una diadema de plata y aguamarina.

Sus ojos celestes miraban el cadáver del rey, confundida. Para ella, la vida y muerte humana era algo que no tenía importancia. Un simple parpadeo de luz en una noche oscura.

– Lo sé, milady. – respondió con calma. Hablar con ella siempre había sido como hacerlo con un niño pequeño.

Se sintió viejo y cansado. En el reflejo de la espada pudo verse las arrugas que adornaban su rostro, fruto de la preocupación. Los últimos meses habían sido toda una pesadilla.

En ese tiempo descuidó también su cabello castaño claro, que había crecido más de la cuenta, y la barba. Aparentaba el doble de la edad que tenía.

– ¿Y por qué le hablas?

– Porque… porque no me gusta que este muerto, milady. – eso solo aumentó la confusión de la criatura, pero Merlin no podía ocuparse en ese momento de aclararle las cosas.

Casi no tenía tiempo. Mucho menos las fuerzas para alargar más el asunto. La herida en su costado sangraba profusamente. Seguía en pie por pura fuerza de voluntad y lo que le quedaba de magia. Nada más.

– Te estás muriendo. – Merlin se estremeció más por el tono vacio de emociones en la voz de la Dama del Lago que por el frio que aumentaba cada segundo que pasaba.

– Eso también lo sé, milady.

– Debes devolverme Excalibur. No puedo permitir que quede sin custodia en el mundo mortal.

– Y lo haré. Solo quiero encargarme de ellos primero. No quiero que acaben siendo pasto de las bestias.

– ¿Y tú? ¿Quién va a ocuparse de tu cuerpo cuando mueras?

– Cuando este muerto, poco va a importarme.

Con un gruñido dolorido, Merlin cargó el cuerpo inerte de Arturo al hombro, como si fuera un fardo y recogió Excalibur del suelo. Al empezar a andar, notó como la Dama le seguía.

– Excalibur va a estar triste. No habrá otro tan digno como Arturo para llevarla. – el hombre no la hizo caso. No podía permitirse perder la concentración o acabaría en el suelo. Aun así, le pareció descortés no contestarle.

– Eso me temo.

– Y yo estaré triste. No habrá otro como tú para hablar y jugar al ajedrez.

– Lo siento, milady. Yo no soy inmortal como vos.

Merlin tropezó, casi cayendo al suelo con su carga. Por suerte, un árbol frenó su caída. Solo quedaban unos pocos metros hasta su destino. Ya casi podía vislumbrar el claro donde le esperaban las demás tumbas.

– ¡Yo puedo hacerte inmortal! – el hombre miró a la criatura, casi sin pestañear, antes de darle la espalda de nuevo.

– Pero yo no lo deseo. – con cuidado depositó en el suelo el cuerpo sin vida de su amigo. A su alrededor, en el claro, había varias tumbas ya ocupadas y una vacía.

– ¿Por qué? Te estás muriendo.

– Porque estaría solo.

– ¡No estarías solo! Estarías conmigo. – Merlin sonrió con tristeza.

Cogió Excalibur del suelo, donde la había dejado mientras colocaba el cuerpo sin vida de Arturo en la tumba. A pesar del barro y la sangre, aun se podía leer la inscripción en latín que cubría ambos lados de la hoja.

“Contigo a la victoria. Contigo hasta el final.”

– Y eso sería un honor, milady. – contestó, acariciando la segunda inscripción antes de entregar la espada a la Dama. – Pero la persona a quien más apreciaba ya no estaría a mi lado y me sentiría solo.

– ¿Él? – le preguntó, señalando a Arturo.

– No, no él. Él era como un hermano. Mi aprecio murió un poco antes. – murmuró mirando hacia otra de las tumbas.

La Dama del Lago soltó un bufido, frustrada. No parecía feliz por su negativa. Bueno… no era el problema de Merlin. Él ya tenía suficiente con aguantar hasta que acabara de enterrar a Arturo.

– Excalibur querrá salir. En unos siglos, en unos milenios. Nunca se sabe. Es caprichosa. Pero querrá salir de nuevo a jugar y querrá a Arturo. Le ha cogido… aprecio. – terminó, usando la misma expresión que él usara antes.

– Aja…

– Si te quedas conmigo, puedo usar el poder de Excalibur para traerlos de vuelta a todos… en un futuro. Cuando Excalibur regrese.

Merlin echó un vistazo a la tumba, ya cubierta por la tierra, con triste orgullo. Por fin había acabado. Ahora podría descansar él también.

¿De qué hablaba la Dama del Lago? ¿Traerlos de vuelta?

– ¿A todos?

– A todos.

– Pero… ¿no correríamos el riesgo de que la historia se repitiera? – preguntó, cayendo de rodillas en el suelo. Ya no podía más. Se arrastró los últimos metros hasta acabar sobre una de las tumbas.

Esa era la única que realmente le importaba. Donde podría descansar al fin. Suspiró, cansado. La tumba estaba a los pies de un árbol y Merlin apoyó la espalda en él.

– No necesariamente. – prosiguió la Dama. – Podría hacer que os reunierais de nuevo. Si, es probable que haya algunas cosas que se repitan. Pero no todo está escrito. Sería una segunda oportunidad de evitar que él muera.

– ¿Cómo? – los ojos se le cerraban. Solo quería dormir.

– Excalibur fue creada con hierro de Avalon y parte de lo que los humanos cristianos llamaron la lanza del destino. Tiene un gran poder. Pero necesita ser usado en el momento adecuado.

– ¿Y cuándo será eso? – la criatura se encogió de hombros. El gesto la hizo parecer humana, por una vez.

– Mil… dos mil años… el tiempo es tan relativo…

– ¿Y qué haríamos mientras? – susurró Merlin, ya con los ojos cerrados. Sintió a la Dama tumbarse a su lado, su fría mano en su rostro, apartándole el cabello de la frente.

– Aprender de nuestros errores y jugar al ajedrez.

Merlin asintió, ya sin fuerzas para hablar. Por fin iba a descansar con la persona que amaba.

La mano que tenía en su frente se movió por su pecho hasta la herida de su costado y un frio helado se instaló en su cuerpo.

¿Por qué se sentía que había vendido su alma al diablo?

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Así comienza…

¿Qué pasaría si esos sueños que tienes en donde te ves luchando a caballo y con una espada no fueran solamente sueños?

¿Y si fueran recuerdos de una vida pasada?

Arthur solo quería huir de la sombra de su padre, de un mundo de negocios en el que no encajaba, donde nunca era lo bastante bueno.

Y lo consiguió… hasta que la repentina muerte de su padre le obliga a regresar a casa y a hacerse cargo de una empresa que odia.

Kamelot, el sueño de Uther.

Pero no será solo eso lo que herede. También las maquinaciones e intrigas dentro de la empresa, al misterioso asistente de su padre, Joss Merlin, y al peculiar equipo de seguridad de Kamelot, dirigido por Lance Lothsome.

Todos ellos participaran para impedir que Kamelot caiga en manos de Morgan Le Fay, la medio hermana de Arthur.

Mientras, el propio Arthur tendrá otros asuntos que resolver, como averiguar quién está ayudando a intentar matarle y que escondía su padre en los sótanos de la torre Kamelot.

Conspiraciones, asesinatos, magia, espadas legendarias y sueños de un pasado que nunca sucedió… ¿o sí?