Segundo corto: El pasado de Gawain

Pues aquí os dejo este otro corto que hice para ir presentándoos a los personajes. En este participan Gawain y Arthur.

¡Espero que os guste!


 

El pasado de Gawain.

– Ni lo pienses.

A Arthur le dio un vuelco el corazón y saltó en el sitio al oír la voz de su guardaespaldas tan inesperadamente cerca. Gawain había aparecido detrás de él, silencioso como un gato, riendo por lo bajo y bebiendo lo que parecía un refresco.

Haciendo lo que más le gustaba: asustar a Arthur.

Estaban en una de esas fiestas de accionistas a las que Merlin les obligaba a asistir. Un verdadero tostón, según el chico, lleno de viejos amigos y socios de su padre y absolutamente nadie de su edad.

Tan solo parte del servicio de catering y el de seguridad tenían menos de cincuenta años y al único que conocía en ese salón repleto de gente era a su guardaespaldas Gawain.

– ¿Qué no piense en qué? – preguntó, ignorando la sonrisa socarrona del otro por haber conseguido pillarle de nuevo. Se estaba convirtiendo en una costumbre muy molesta eso de asustarle.

– Piensas que puedes huir de la fiesta. Le estás haciendo ojitos a la puerta de servicio. No pienso dejarte escapar así de fácil. – Arthur a veces dudaba de que el otro tuviera treinta años realmente. ¡Se comportaba como un crio!

Le echó un largo vistazo antes de responder. La verdad era que Gawain parecía más joven de lo que era. Casi aparentaba la edad de Arthur, veintidós. Con el cabello pelirrojo demasiado largo y revuelto, los ojos verdes claros que chispeaban cuando sonreía… el sobrio traje negro que llevaba no conseguía ensombrecer nada de todo eso.

– Yo no iba…

– No mientas, Arthur. No te favorece. Has venido conmigo y te irás conmigo.

El chico gruñó un taco. Si que había fantaseado con la idea de largarse de la dichosa fiesta a escondidas. Solo asistía para que los accionistas le vieran y respiraran tranquilos al comprobar que no había vuelto corriendo a Europa. No era necesario quedarse tanto tiempo.

– ¡Esto es asquerosamente aburrido! ¿Podemos irnos? – suplico, poniendo expresión de pena. No es que pensara que iba a funcionar, pero por intentarlo… – ¡Ni siquiera van a notarlo!

– Aun no. Tienes que aguantar una hora más para felicitar al anfitrión y agradecer la invitación. Prometo que luego te llevare a otro sitio más divertido.

– ¿Cuál sitio?

– Confía en mí. Será una sorpresa.

Confiar en Gawain en esos temas siempre era una apuesta arriesgada, pero no le dio más opción. Pasó el resto de la fiesta pegado a él como si fuera su sombra de verdad y no le permitió ni mirar a la puerta.

El lugar sorpresa al que le llevó resultó ser una pequeña cafetería que estaba abierta las veinticuatro horas en la zona vieja de Brooklyn. Eran más de las tres de la mañana cuando llegaron allí.

El hombre que estaba tras la barra, un tipo con barba y cabello corto negro y de unos cincuenta años, saludó al pelirrojo por su nombre y una sonrisa cálida.

– ¿Qué es este sitio? Dijiste que iríamos a un lugar divertido. – preguntó Arthur, tras sentarse en una de las mesas. Un minuto después, una camarera de unos cuarenta y con aire maternal, ponía un plato de patatas fritas y dos refrescos delante de ellos.

– ¡Me alegro de verte, Alex! – le saludó, revolviéndole el cabello. – Esto va a cuenta de la casa, para ti y tu chico.

– ¡Gracias Hannah!

– ¡No soy su chico! – protestó Arthur, haciendo reír al otro. – No has contestado a mi pregunta. Esperaba que fuéramos a un bar o algo.

– Esto es más tranquilo. Antes trabajaba aquí. – añadió al ver la expresión de frustración del otro. – A ratos, cuando estudiaba. Vivo un par de calles más abajo.

– Creía que vivías en la torre, como el resto.

– Duermo en la torre. Pero aun conservo mi apartamento aquí. No quise deshacerme de él, por si acaso. Nunca se sabe.

Eso le sorprendió. Su padre prefería tener a sus trabajadores cerca, así que toda la plantilla vivía en la torre Kamelot. No había necesidad de que Gawain mantuviera otro apartamento. Incluso si dejara de trabajar para la empresa, esta le conseguiría un nuevo lugar donde vivir. Era una de las clausulas que incluía cualquiera de los contratos en la empresa, a cambio de la disponibilidad inmediata de sus trabajadores.

– Eso me recuerda… ¿Cómo acabaste trabajando en seguridad? – ambos hombres empezaron a comer las patatas. Arthur no había notado lo hambriento que estaba hasta que comenzó a comer. – Merlin comentó que eras un hacker. ¿Cómo acaba un hacker de guardaespaldas?

– ¡Oh, sí! Soy un hacker. ¡Y de los buenos! – rió el pelirrojo. El chico rodó los ojos. La principal “cualidad” del personal de seguridad de Kamelot era su arrogancia. – Muy bueno, de hecho. Le robé diez millones de dólares a “Kamelot” en una ocasión, solo por diversión.

Arthur se atragantó con su bebida al oírle. ¿Había robado diez millones a la compañía de su padre? ¿Y seguía vivo? ¿Y trabajando para la misma empresa a la que robó? Mil preguntas se acumulaban en su mente mientras su cuerpo trataba de recuperar el aliento. El pelirrojo le dio un par de golpecitos en la espalda para que se le pasara la tos.

– ¿Les robaste? – consiguió preguntar al fin, tosiendo.

– Bueno, en realidad solo los escondí. Pensaba devolverlos en un par de días… probablemente con un pico menos, pero… antes de que pudiera hacerlo, Lance y Tristan echaron mi puerta abajo y me llevaron a Kamelot a rastras.

– Uh…

– Imagínate. Tu padre uso a Lidia y me encontró. Eso no era nada fácil, créeme. Estaba más impresionado que molesto por ello. Y algo cagado del susto también.

El chico rió, divertido. Arrogante o no, su guardaespaldas siempre conseguía hacerle reír a su pesar. Daba igual lo muy molesto que quisiera estar con todo el mundo, el fastidioso pelirrojo acababa por animarle.  E imaginarse la escena resultaba divertido. Le habría encantado poder verlo en persona.

– ¿Y qué paso? ¿Cómo no acabaste en la cárcel?

– Resulta que Lidia también estaba impresionada. – eso era toda una hazaña. Lidia era la mejor hacker en activo del momento. – Tu padre pensó, después de hablar con ella, que sería un desperdicio meterme en la cárcel y que podría hacer más en su empresa. Pero Joss no se fiaba de que me comportara si me dejaban de nuevo un ordenador.

– ¿Por qué sería? – Gawain ignoró la ironía, cogiendo más patatas. – ¿Y tenían razón?

– No hubiera podido evitar liarla de nuevo. En esa época era así. Hacía las cosas sin pensar en las consecuencias. Eso me metió en muchos problemas.

– ¿Cuántos años tenias?

– Dieciséis. Tenía un serio problema de actitud. La “oferta” de tu padre me libró de acabar en la lista negra del F.B.I.

– ¿Les hackeaste también? – bromeó Arthur. Pero la expresión del pelirrojo no era nada divertida cuando habló.

– Hice algo más que eso.

Había algo oscuro en la mirada del guardaespaldas que llegó a asustar a Arthur. ¿Qué había ocurrido en el pasado de ese hombre, normalmente tan irritantemente alegre, que solo recordarlo ponía esa oscuridad en su mirada?

Carraspeó, nervioso, pasándose una mano por el cabello negro, despeinándoselo.

– ¿Y que hizo Merlin? Porque dudo que se limitara a prohibirte los ordenadores temporalmente.

– Por supuesto que hizo algo. – la expresión del chico cambió de nuevo a la que Arthur estaba acostumbrado y este respiró más tranquilo. – Lance y él pensaron que un poco de disciplina y vigilancia extra me vendría bien. Así que me pusieron con un grupo de novatos que aspiraban a nuevos puestos en seguridad. Tenían que pasar durante un año un entrenamiento y unas pruebas para conseguir el trabajo. Resulta que me gustó. Era casi tan divertido como hackear.

– No puedo creer que pienses que estar todo el día pegado a alguien y seguir órdenes de Lothsome sea divertido.

– No solo hacemos eso. Hay mucho de estrategia en este trabajo. Pero hacer de “sombra” no es tan malo. A veces, incluso, te lo pasas bien. Como hoy. – el chico parpadeó sorprendido. Eso no se lo esperaba. De hecho, estaba seguro de que nadie de la empresa le aguantaba más que por trabajo.

Era cierto que Gawain le trató con simpatía desde el segundo que se presentó en su habitación para llevarlo a trabajar, pero siempre creyó que era parte de su forma de hacer su trabajo.

No se le pasó por la cabeza que pudiera caerle bien realmente.

– ¿Estás insinuando que te caigo bien?

– Cuando no estás siendo un crio insoportable eres incluso adorable. – rió Gawain.

Arthur no supo si reírse o protestar enérgicamente. Se decantó por lo segundo.

– Adorable se le dice a un bebe o un cachorro. Yo no soy adorable. ¡Y no soy ningún crio!

– Sí, sí que lo eres. – rió Gawain. Alargó la mano y le rozó la cicatriz que tenía Arthur en la barbilla. – Tenías un poco de kétchup ahí. – se excusó, encogiéndose de hombros. – Volvamos a casa. Ya se está haciendo tarde y mañana tienes mucho trabajo.

Eso sacó al chico del trance en que lo había dejado la inesperada caricia. Hizo un mohín y le apartó la mano con brusquedad.

– Soy el jefe. ¿Por qué tengo que trabajar temprano?

– Precisamente, porque eres el jefe. – rió el otro.


 

¡Podéis descargar el Pdf de este corto aquí!

Primer corto: el origen

Este corto aun estoy considerando convertirlo en el prólogo de la novela, por sugerencia de mi prima. De todas maneras quería que vierais cómo comienza todo el lío de la historia. Empezamos en un pasado muy lejano, aunque la totalidad de la novela va a transcurrir en nuestro tiempo.

¡Disfrutadla!

Primer corto.

Se sentía como el ángel de la muerte, caminando por aquel bosque.

Bosque cuyo suelo estaba cubierto por la nieve y los cuerpos sin vida de los guerreros que habían caído en la batalla, horas antes. Caminaba entre los cadáveres, rematando con su espada a los que aun agonizaban, mientras seguía buscando.

El silencio que se había establecido en el lugar resultaba antinatural y ensordecedor, después de horas de los gritos y golpes del combate.

Miró al cielo, en un intento de calcular la hora. El sol estaba bien alto. La última batalla comenzó al amanecer y duró unas pocas horas, pero se habían sentido como años.

Del ejército que trajera su rey quedaron menos de cincuenta hombres que, en ese momento, andaban reagrupándose y encargándose de los heridos. El enemigo se llevó la peor parte, sin embargo. Los pocos que no habían caído durante el combate estarían huyendo hacia el norte en ese momento.

No le preocupaba que intentaran regresar con refuerzos. La tormenta que se avecinaba se encargaría de ellos antes de que pudieran llegar a ninguna parte, estaba seguro.

En ese instante su mente estaba centrada únicamente en terminar de localizar al último de sus amigos. El último que cayó en esa cruenta guerra y cuyo cuerpo no debía estar demasiado lejos de donde se encontraba, si sus cálculos no estaban equivocados.

Ya tenía reunidos en el claro los cuerpos de Lancelot, Gawain, Galahad, Tristan y Percival. Los fieles guerreros que ahora esperaban a su rey y amigo para hacer su último viaje.

Sus ojos se nublaron con lágrimas al pensar en su buen Lancelot. La historia solo le recordaría por un malentendido. Nadie sabría el leal y dulce compañero que fue, tanto para su rey como para el resto de sus amigos, siempre preocupándose de todo y todos.

Nadie sabría que pecó de un exceso de buen corazón, que cometió el error de creer las mentiras de Morgana.

Pero Arturo también se equivocó. Y por eso le perdonó.

Tampoco sabría nadie, sin embargo, que luchó hasta el último aliento por su amigo, no por la corona.

Y quizás fuera mejor así. Algunas cosas estarían mejor fuera de la historia.

Merlin tembló cuando una ráfaga de aire le golpeó con más violencia de la esperada y atravesó su capa de viaje. A pesar de la insistencia de Arturo, jamás quiso cambiar sus modestas ropas de cazador ni el viejo habito que le delataba como curandero. Se sentía cómodo con ellas y siempre las mantuvo lo más limpias que las circunstancias le permitieran.

La temperatura empezaba a descender peligrosamente y oyó unos aullidos a lo lejos. El tiempo se le agotaba.

Usando su propia espada como bastón, siguió caminando hasta que un extraño brillo azulado en la nieve llamó su atención.

El zafiro que adornaba la empuñadura de Excalibur sobresalía entre la nieve, mostrando donde se encontraba la espada.

Y, a los pocos pasos y oculto por la nieve, pudo distinguir la capa azul de Arturo. Su joven y valiente rey.

Se le escapó un gemido de agonía mientras caía de rodillas junto al cadáver. Su armadura estaba rajada y rota. La camisa que llevaba debajo se encontraba cubierta de sangre. Una de las estocadas había sido directa en el corazón.

– Arturo… ¿Por qué no me hiciste caso? Te advertí que nunca soltaras Excalibur… – murmuró, cerrándole los ojos.

– Está muerto.

Merlin ni se molestó en girarse para comprobar quien era. Pudo ver una figura femenina que conocía bien en el reflejo de su espada.

A su espalda, la Dama del Lago, esa criatura mágica que le entregara Excalibur tiempo atrás, le observaba curiosa.

Verla era siempre toda una experiencia. Su etéreo vestido turquesa se arremolinaba a su alrededor a causa de la magia que desprendía, dando la impresión de que flotaba. Su largo cabello rubio estaba suelto, solo adornado con una diadema de plata y aguamarina.

Sus ojos celestes miraban el cadáver del rey, confundida. Para ella, la vida y muerte humana era algo que no tenía importancia. Un simple parpadeo de luz en una noche oscura.

– Lo sé, milady. – respondió con calma. Hablar con ella siempre había sido como hacerlo con un niño pequeño.

Se sintió viejo y cansado. En el reflejo de la espada pudo verse las arrugas que adornaban su rostro, fruto de la preocupación. Los últimos meses habían sido toda una pesadilla.

En ese tiempo descuidó también su cabello castaño claro, que había crecido más de la cuenta, y la barba. Aparentaba el doble de la edad que tenía.

– ¿Y por qué le hablas?

– Porque… porque no me gusta que este muerto, milady. – eso solo aumentó la confusión de la criatura, pero Merlin no podía ocuparse en ese momento de aclararle las cosas.

Casi no tenía tiempo. Mucho menos las fuerzas para alargar más el asunto. La herida en su costado sangraba profusamente. Seguía en pie por pura fuerza de voluntad y lo que le quedaba de magia. Nada más.

– Te estás muriendo. – Merlin se estremeció más por el tono vacio de emociones en la voz de la Dama del Lago que por el frio que aumentaba cada segundo que pasaba.

– Eso también lo sé, milady.

– Debes devolverme Excalibur. No puedo permitir que quede sin custodia en el mundo mortal.

– Y lo haré. Solo quiero encargarme de ellos primero. No quiero que acaben siendo pasto de las bestias.

– ¿Y tú? ¿Quién va a ocuparse de tu cuerpo cuando mueras?

– Cuando este muerto, poco va a importarme.

Con un gruñido dolorido, Merlin cargó el cuerpo inerte de Arturo al hombro, como si fuera un fardo y recogió Excalibur del suelo. Al empezar a andar, notó como la Dama le seguía.

– Excalibur va a estar triste. No habrá otro tan digno como Arturo para llevarla. – el hombre no la hizo caso. No podía permitirse perder la concentración o acabaría en el suelo. Aun así, le pareció descortés no contestarle.

– Eso me temo.

– Y yo estaré triste. No habrá otro como tú para hablar y jugar al ajedrez.

– Lo siento, milady. Yo no soy inmortal como vos.

Merlin tropezó, casi cayendo al suelo con su carga. Por suerte, un árbol frenó su caída. Solo quedaban unos pocos metros hasta su destino. Ya casi podía vislumbrar el claro donde le esperaban las demás tumbas.

– ¡Yo puedo hacerte inmortal! – el hombre miró a la criatura, casi sin pestañear, antes de darle la espalda de nuevo.

– Pero yo no lo deseo. – con cuidado depositó en el suelo el cuerpo sin vida de su amigo. A su alrededor, en el claro, había varias tumbas ya ocupadas y una vacía.

– ¿Por qué? Te estás muriendo.

– Porque estaría solo.

– ¡No estarías solo! Estarías conmigo. – Merlin sonrió con tristeza.

Cogió Excalibur del suelo, donde la había dejado mientras colocaba el cuerpo sin vida de Arturo en la tumba. A pesar del barro y la sangre, aun se podía leer la inscripción en latín que cubría ambos lados de la hoja.

“Contigo a la victoria. Contigo hasta el final.”

– Y eso sería un honor, milady. – contestó, acariciando la segunda inscripción antes de entregar la espada a la Dama. – Pero la persona a quien más apreciaba ya no estaría a mi lado y me sentiría solo.

– ¿Él? – le preguntó, señalando a Arturo.

– No, no él. Él era como un hermano. Mi aprecio murió un poco antes. – murmuró mirando hacia otra de las tumbas.

La Dama del Lago soltó un bufido, frustrada. No parecía feliz por su negativa. Bueno… no era el problema de Merlin. Él ya tenía suficiente con aguantar hasta que acabara de enterrar a Arturo.

– Excalibur querrá salir. En unos siglos, en unos milenios. Nunca se sabe. Es caprichosa. Pero querrá salir de nuevo a jugar y querrá a Arturo. Le ha cogido… aprecio. – terminó, usando la misma expresión que él usara antes.

– Aja…

– Si te quedas conmigo, puedo usar el poder de Excalibur para traerlos de vuelta a todos… en un futuro. Cuando Excalibur regrese.

Merlin echó un vistazo a la tumba, ya cubierta por la tierra, con triste orgullo. Por fin había acabado. Ahora podría descansar él también.

¿De qué hablaba la Dama del Lago? ¿Traerlos de vuelta?

– ¿A todos?

– A todos.

– Pero… ¿no correríamos el riesgo de que la historia se repitiera? – preguntó, cayendo de rodillas en el suelo. Ya no podía más. Se arrastró los últimos metros hasta acabar sobre una de las tumbas.

Esa era la única que realmente le importaba. Donde podría descansar al fin. Suspiró, cansado. La tumba estaba a los pies de un árbol y Merlin apoyó la espalda en él.

– No necesariamente. – prosiguió la Dama. – Podría hacer que os reunierais de nuevo. Si, es probable que haya algunas cosas que se repitan. Pero no todo está escrito. Sería una segunda oportunidad de evitar que él muera.

– ¿Cómo? – los ojos se le cerraban. Solo quería dormir.

– Excalibur fue creada con hierro de Avalon y parte de lo que los humanos cristianos llamaron la lanza del destino. Tiene un gran poder. Pero necesita ser usado en el momento adecuado.

– ¿Y cuándo será eso? – la criatura se encogió de hombros. El gesto la hizo parecer humana, por una vez.

– Mil… dos mil años… el tiempo es tan relativo…

– ¿Y qué haríamos mientras? – susurró Merlin, ya con los ojos cerrados. Sintió a la Dama tumbarse a su lado, su fría mano en su rostro, apartándole el cabello de la frente.

– Aprender de nuestros errores y jugar al ajedrez.

Merlin asintió, ya sin fuerzas para hablar. Por fin iba a descansar con la persona que amaba.

La mano que tenía en su frente se movió por su pecho hasta la herida de su costado y un frio helado se instaló en su cuerpo.

¿Por qué se sentía que había vendido su alma al diablo?

También puedes descargar el Pdf de este corto aquí.

 

 

Así comienza…

¿Qué pasaría si esos sueños que tienes en donde te ves luchando a caballo y con una espada no fueran solamente sueños?

¿Y si fueran recuerdos de una vida pasada?

Arthur solo quería huir de la sombra de su padre, de un mundo de negocios en el que no encajaba, donde nunca era lo bastante bueno.

Y lo consiguió… hasta que la repentina muerte de su padre le obliga a regresar a casa y a hacerse cargo de una empresa que odia.

Kamelot, el sueño de Uther.

Pero no será solo eso lo que herede. También las maquinaciones e intrigas dentro de la empresa, al misterioso asistente de su padre, Joss Merlin, y al peculiar equipo de seguridad de Kamelot, dirigido por Lance Lothsome.

Todos ellos participaran para impedir que Kamelot caiga en manos de Morgan Le Fay, la medio hermana de Arthur.

Mientras, el propio Arthur tendrá otros asuntos que resolver, como averiguar quién está ayudando a intentar matarle y que escondía su padre en los sótanos de la torre Kamelot.

Conspiraciones, asesinatos, magia, espadas legendarias y sueños de un pasado que nunca sucedió… ¿o sí?