Así comienza…

¿Qué pasaría si esos sueños que tienes en donde te ves luchando a caballo y con una espada no fueran solamente sueños?

¿Y si fueran recuerdos de una vida pasada?

Arthur solo quería huir de la sombra de su padre, de un mundo de negocios en el que no encajaba, donde nunca era lo bastante bueno.

Y lo consiguió… hasta que la repentina muerte de su padre le obliga a regresar a casa y a hacerse cargo de una empresa que odia.

Kamelot, el sueño de Uther.

Pero no será solo eso lo que herede. También las maquinaciones e intrigas dentro de la empresa, al misterioso asistente de su padre, Joss Merlin, y al peculiar equipo de seguridad de Kamelot, dirigido por Lance Lothsome.

Todos ellos participaran para impedir que Kamelot caiga en manos de Morgan Le Fay, la medio hermana de Arthur.

Mientras, el propio Arthur tendrá otros asuntos que resolver, como averiguar quién está ayudando a intentar matarle y que escondía su padre en los sótanos de la torre Kamelot.

Conspiraciones, asesinatos, magia, espadas legendarias y sueños de un pasado que nunca sucedió… ¿o sí?

¡Lee gratis el primer capítulo de Kamelot 2.0, próximamente a la venta!

¡Y lo prometido es deuda!

Si, ya se que dije que lo pondría el sábado pero una cosa llevo a la otra y la casa por barrer y no tuve tiempo. Aun me estoy adaptando a tener un inquilino más en casa.

Pero menos chorradas y más poneros el capítulo.

El prólogo ya os lo puse. Es este corto.

Este sería su primer capítulo. Espero que os guste.


 

Capítulo 1. 

 

–  ¡Ey! ¿Estás bien?

Arthur alzó la mirada al oír la voz, sonriendo al comprobar quien le hablaba.

Frente a él, y con su perpetua sonrisa, se encontraba sir Gawain, uno de sus mejores caballeros y su más fiel amigo. Un poderoso guerrero con un gran corazón y de nobles principios al que él tenía en gran estima.

Aceptó la mano que su amigo le ofrecía y se levantó del suelo, donde había estado sentado descansando. El caballero se veía bien. Con un par de arañazos en su joven rostro y el cabello rojizo alborotado.

La batalla había sido corta pero agotadora. Dos horas de lucha sin cuartel hasta derrotar a su enemigo y donde acabaron por demostrar, una vez más, su superioridad.

Sin embargo, no pudieron vencer sin bajas. Habían perdido una decena de hombres y otros tantos estaban heridos. Él mismo acabó con una estocada en el brazo izquierdo que le mantendría sin poder esgrimir una espada durante unos días.

–  Perfectamente. – mintió. Su brazo dolía cuando hacía algún movimiento. Intentó guardar Excalibur, a la que aun mantenía fuera de su vaina pero no pudo. – Solo un pequeño rasguño en el brazo. – admitió al fin. Gawain sonrió.

–  Tal y como me había contado Merlin esperaba encontrarle desangrándose, alteza.

–  Merlin exagera y te tengo dicho que no me llames así. ¿Somos o no amigos, sir Gawain?

–  Siempre, mi señor. Lo sabéis. – el caballero le arrebató la espada de las manos y rozó la hoja con la yema de los dedos. – Como diría Excalibur: “Contigo a la victoria. Contigo hasta el final” – leyó, siguiendo la inscripción que se encontraba grabada en el metal. – Ahora y siempre.

Arthur despertó, sobresaltado.

Otra vez ese sueño. Llevaba semanas soñando lo mismo. A veces, cambiaba ligeramente, pero seguía viendo al mismo hombre, al que no conocía de nada, pero que ahí lo sentía como si fuera alguien muy importante en su vida.

La culpa era, estaba claro, de la carta que había recibido semanas antes del ayudante de su padre comunicándole la muerte de éste y que, por favor, regresara a casa.

Había quemado la carta y estuvo el resto del día emborrachándose.

Bueno… aun seguía emborrachándose. De hecho, en ese instante se había despertado con una resaca épica.

Una de esas resacas de las que solo quieres cortarte la cabeza o que alguien te remate y acabe con tu sufrimiento de una vez por todas.

Una de esas, si.

Lo último que recordaba de la noche anterior era a una rubia espectacular, siete rondas de tequila, cinco de absenta y…

Y el resto era un borrón completo.

Desde que recibió la noticia de la muerte de su padre, Arthur andaba un poco perdido, cosa que no terminaba de entender. Él odiaba al tipo, ¿por qué le afectaba tanto su muerte?

Su familia, a pesar de su fortuna, nunca andó sobrada de suerte. Uther, su padre, había enviudado dos veces. Su primera mujer, Lizz, murió de cáncer y la segunda, Ginny, (la madre de Arthur) en un accidente de coche. Morgan, su medio hermana e hija de la primera esposa de su padre, sufría un leve trastorno de bipolaridad y le odiaba a muerte desde que acabó fuera del testamento después de que la pillaran intentando robar un proyecto secreto de la empresa para venderlo a la competencia.

Y ahora Uther, con el que llevaba sin hablarse los tres últimos años, había muerto, dejándole a cargo de su empresa, Kamelot.

Hacía semanas que su abogado andaba detrás de él para que firmara los papeles.

Gruñó, intentando incorporarse. Seguía sin recordar cómo llegó a casa… o si estaba en su casa siquiera. Por lo poco que podía distinguir, estaba en la cama de un hotel desconocido al que no recordaba haber entrado, solo y sin ninguna de sus cosas a la vista. Al levantar la sábana comprobó que solo tenía sus calzoncillos puestos.

La habitación era la típica de hotel. Una cama de matrimonio, dos mesitas de noche, un escritorio, un armario, un baño… La ropa de cama olía a limpio y era suave y los muebles eran de buen gusto, así que dedujo que estaba en uno decente.

Uhm… Bueno… no era la primera vez que se despertaba en un sitio desconocido, desgraciadamente.

La boca le sabía a zapato usado y su cabeza estaba a una milésima de estallarle.

Bien, lo primero era lo primero. Necesitaba ir al baño y tomarse medio bote de aspirinas.

Mientras debatía mentalmente si salir o no de la cama, algún sádico abrió las cortinas de golpe, dejando que la luz del día entrara e iluminara dolorosamente la habitación. Intentó taparse con las sábanas para huir de la claridad pero alguien (debía ser el mismo sádico de antes) se las arrebató.

El frío del ambiente le golpeó, haciéndole encogerse en la cama y ponerse en posición fetal.

–  ¡Arriba, Arthur! ¡Es hora de levantarse! – gritó el sádico, haciéndole encogerse del dolor.

Todo el mundo tiene algo que aborrece más que nada. Un olor, una visión, un sonido… Arthur tenía tres sonidos en particular que le hacían perder los nervios. Tres que era incapaz de oír sin ponerse de mal humor en menos de un segundo.

Los ladridos de un chihuahua, el uso indiscriminado del claxon de un coche y esa voz.

La voz de Joss Merlin, ayudante personal de su padre.

–  No puedo creer que me hayas encontrado aquí… – gruñó, sentándose en la cama al fin y renunciando a esconderse del mundo. El otro hombre le dirigió tal mirada de condescendencia que le hizo rechinar los dientes.

–  ¿En serio pensabas que te perderíamos la pista?

No, estaba bastante seguro de que le llevaban siguiendo desde el primer día que pisó la ciudad, pensó con resignación.

Le echó un largo vistazo al otro mientras trataba de despejarse para levantarse.

Joss seguía más o menos igual que la última vez que lo vio, tres años atrás. El mismo cabello rubio oscuro, la misma costumbre de vestir de gris (si se paraba a pensarlo, no recordaba haberlo visto jamás de otro color), sus eternos guantes de piel y esos ojos azul hielo que le ponían nervioso.

Y, por lo que podía ver, seguía siendo el mismo tipo arrogante que siempre le hizo quedar mal delante de su padre. El “hermano” perfecto que nunca quiso y le obligaron a tener.

Uther lo encontró en Londres cuando tenía quince años y lo acogió en su casa y su familia sin molestarse a consultar al resto. Cierto que su madre le aceptó sin hacer apenas preguntas. Ella acababa de ser madre y solo veía a un muchacho necesitado de un hogar. A Arthur no le hubiera importado que le ayudaran, que le buscaran una casa y una familia… pero no que se adueñara de la suya. Pero como acababa de nacer no tuvo mucha voz en el asunto.

Y como odiaba al tipo…

A pesar de haberse criado con él, no podía soportarle. Su padre siempre intentó que siguiera su ejemplo (Joss era tan perfecto en todo…) y su madre hizo lo imposible para que se llevaran bien. Pero la diferencia de edad era demasiado grande (quince años eran un mundo antes y ahora) y sus personalidades no podían ser más opuestas.

Merlin era siempre educado, organizado y puntual. Un chico serio y callado que seguía a su padre como un perrillo faldero. Arthur era incapaz de recordar sus deberes, siempre llegaba tarde a todas partes, faltaba al colegio para irse a jugar video juegos con sus amigos o al parque a fumar y solía ser bastante irrespetuoso con todo el mundo.

Con Joss ocupando el puesto de “hijo perfecto”, a pesar de no estar emparentado con ellos, Arthur decidió que se quedaría con el de “hijo descarriado”. Y hasta ahora había hecho un buen trabajo en eso.

Decidió ignorar al hombre e ir al baño. Se sintió un poco más humano después de una rápida ducha y aliviarse. ¡Qué bien sentaba el que su boca ya no supiera a zapato!

–  ¿Dónde estamos? – preguntó, mirando por la ventana mientras se secaba el pelo con una toalla. Las calles ruidosas y el tráfico frenético no era algo típico de Brujas. Todo estaba cubierto de nieve pero el cielo estaba despejado y lucía el sol. El paisaje le resultaba de lo más familiar…

–  En Nueva York. Pensé que sería buena idea que te adecentaras un poco antes de llevarte a casa.

Arthur se envaró, dirigiéndole una mirada incrédula al otro antes de volver sus ojos a la ventana. ¿Nueva York? ¿Le había traído a Nueva York? ¿Cómo demonios…?

–  No pienso volver. – respondió seco, tirando la toalla al suelo de cualquier manera. El otro miró la prenda caída antes de dirigirle una mirada de reproche al chico. – ¿Dónde está mi ropa?

Joss rodó los ojos, fastidiado, mientras recogía la toalla del suelo y la llevaba al baño. Siempre fue un maniático del orden.

–  Quemándose. Apestaba a tequila. Y sí vas a volver. No tienes opción.

¡Y ahí estaba! El tipo prepotente que tan bien conocía y odiaba. Se volvió a sentir como un crío a pesar de sus veintidós años.

–  No eres mi padre, Joss. No puedes obligarme. Devuélveme mis pantalones para que pueda largarme de aquí.

–  No hay pantalones hasta que me escuches. Solo te los daré para ir a Kamelot.

Arthur resopló y empezó a registrar la habitación, buscando algo de ropa que ponerse sin ningún éxito. De hecho, no había ninguna de sus cosas a la vista.

–  ¿Qué has hecho con mi cartera? ¿Y mi móvil? ¿Has dejado todas mis cosas en Brujas? – la expresión de fingida inocencia de Merlin era alarmante. Eso no auguraba nada bueno.

–  ¡Por supuesto que no! Están en casa.

–  ¿Qué casa? – Joss sonrió con satisfacción.

–  Kamelot.

–  Está bien… puedo comprar cosas nuevas… – murmuró Arthur, pensando en cómo lo iba a hacer. Tal vez si llamaba a recepción… pero necesitaba su cartera… o, en su defecto, una de sus tarjetas.

–  No en calzoncillos. Siéntate y escúchame un segundo. Te traeré ropa limpia cuando hablemos. – el muchacho se volvió a acercar a la ventana, aun pensando cómo salir de ahí. Debía haber alguna manera. ¡No quería regresar!

–  No pienso hablar contigo. Ni volver a casa. Conseguí escapar de aquí y de vosotros hace tres años y pienso volver a hacerlo.

–  En todo caso, te dejamos ir.

El chico refunfuñó una maldición, sentándose de nuevo en el filo de la cama. Era muy temprano para discutir de esa manera. ¡Sin café y con resaca!

No sabía si se sentía más enfermo por el alcohol de la noche anterior o de la situación en la que se encontraba en ese momento.

–  Tu hermana Morgan está intentando conseguir el apoyo del Consejo para hacerse con el control de Kamelot. Tiene intención de cerrarlo y venderlo por piezas a Camlann Mount.

Morgan… Le asombraba que el Consejo aun la escuchara, después de que su padre la sacara del testamento y a pesar de que su escasa salud mental era la comidilla de Nueva York.

–  Medio hermana. – le corrigió sin pensar. Ya era un hábito. Al menos, desde que empezaran a llevarse mal. – Pensaba que mi padre se encargó de que eso no pudiera pasar nunca.

– Uther la dejó fuera del testamento y sin poder en la empresa, pero Morgan ha conseguido la ayuda de Mordred y a él lo están escuchando. Están hartos de oír cómo te bebes la herencia en el extranjero y quieren al frente a alguien que sepa lo que hace. Claro que no tienen ni idea de que, en cuanto Mordred tenga Kamelot, todos acabarán de patitas en la calle. Él no está interesado en la compañía. Solo quiere nuestra sección de investigación.

–  ¿Por qué está Morgan haciendo tratos con ese gilipollas?

¿Sabéis ese “famoso” que todo el mundo sabe que está sucio pero al que nadie puede (ni se atreve) a acusar? Pues ese era Charles Mordred. Dueño y CEO de Camlann Mount, el magnate era bien conocido por sus líos de faldas y su juego sucio para conseguir lo que quería.

Hacía cualquier cosa para salirse con la suya.

Y cualquier cosa solía significar robo, espionaje industrial, asesinato, etc.

–  Hasta donde yo sé, hace algo más que tratos con él. – Arthur puso cara de asco. – Si Morgan consigue convencer al Consejo y hacerse cargo de la empresa todos nos quedaremos sin nada, tú el primero.

Arthur se pasó la mano por la cara, notando la barba que empezaba a crecerle.

Lamentablemente, Joss tenía razón. Su hermana le odiaba lo suficiente para intentar hacerle la vida imposible y más, pero…

–  Lo siento. No pienso meterme en esto. Fue por estas… intrigas por las que me largue en primer lugar. No voy a volver a casa.

En un lujoso ático en Tribeca, una joven de larga melena oscura y vestida de negro, miraba por la ventana con sus ojos azules desenfocados. No prestaba ninguna atención al bullicioso y hermoso paisaje exterior. Ni al hombre que le hablaba en esos momentos, contándole alguna anécdota aburrida de negocios.

No… su atención estaba algo más lejos de ese salón.

–  Ha vuelto… – susurró, interrumpiendo a su acompañante. Este la miró, sorprendido.

–  ¿Quién? ¿Quién ha vuelto?

–  Él… ha vuelto a la ciudad.


 

Recordad que Kamelot 2.0 saldrá a la venta el 7 de Diciembre, pero mientras podréis intentar ganar un ejemplar gratis siguiendo las instrucciones de este post.

Y Jack T.R. sigue a la venta en Amazon a un precio excepcional. ¡No te lo pierdas!

 

Último corto: La aparición de Excalibur

Pues el último relato corto de “Kamelot 2.0”. ¡Ya quedan menos de dos meses para que salga a la venta y todo está preparado!

Al menos eso espero 😄

Antes de dejaros con este pequeño relato que espero os guste, recordaros las fechas importantes.

El sorteo será entre el 13 y el 31 de noviembre.

La novela saldrá a la venta el día 7 de diciembre.

¿Ya lo tenéis apuntado? Pues vamos a leer un ratito.


 

La aparición de Excalibur.

Encontrarla fue pura suerte.

O tal vez fuera el destino.

O, simplemente, un accidente.

El capataz que estaba supervisando la obra de ese pequeño monasterio abandonado en Escocia que Uther compró y quería reconstruir y convertir en una bodega se puso en contacto con Norman, su asistente. Le contó, muy excitado, que habían encontrado un viejo cofre en el sótano, oculto tras una librería.

Uther fletó su jet antes de que Norman tuviera tiempo de terminar de contarle todos los detalles y lo que habían encontrado en el interior del baúl.

No necesitaba que se lo dijera. Él ya lo sabía.

Había soñado con ello durante días.

Solo pidió una cosa. Que nadie lo tocara hasta que él llegara.

Desgraciadamente, era tarde para ello. Dos obreros, pagados por uno de sus competidores, intentaron robar el baúl y habían caído muertos al tocarlo. El médico que los atendió no pudo hacer nada por ellos y no se explicaba como dos hombres jóvenes perfectamente sanos podían morir de esa manera tan fulminante y sin motivo aparente.

Uther si sabía que había ocurrido. Lo que contenía el baúl estaba protegiéndose. Le estaba llamando a él y solo a él.

Al llegar al viejo monasterio, los hombres le miraban no demasiado felices de estar ahí con algo que ya calificaban de maldito. Uther entró en el sótano donde seguía el baúl con Norman y el capataz pisándole los talones.

–  Dejadme solo un momento.

–  ¿Señor? – el capataz dejó la habitación enseguida pero su asistente no estaba tan dispuesto a ello. – Creo que debería dejar que lo examinaran primero. Los dos hombres…

–  No es ningún virus, Norman. No te preocupes. No debieron tocarla antes de que yo llegara. A mí no me hará daño.

–  Pero señor…

–  Fuera, Norman. Saldré en un rato.

Su asistente salió a regañadientes y no muy feliz con la idea de dejarle solo. Uther apreciaba la preocupación pero era innecesaria.

Esperó hasta que oyó la puerta cerrarse y se acercó por fin al baúl. Era más pequeño de lo que esperaba. Una caja rectangular de madera, resquebrajada por el tiempo y mohosa, de medio metro de largo. La tapa estaba labrada, con el dibujo de un árbol.

La abrió con cuidado y contuvo el aliento al ver su contenido. No podía creer que fuera real.

–  Muy bien, Excalibur… ¿Qué es lo que quieres de mí? – susurró, mirando los restos de la espada que había en el interior del baúl.

Porque eso era lo que contenía. Una espada. Rota en tres pedazos y oxidada.

Pero no era cualquier espada. Era LA ESPADA.

Y lo había estado llamando.

Cogió con cuidado la empuñadura y la observó con detenimiento. El cuero que la recubría estaba roto y gastado pero era suave al tacto. Las joyas que lo adornaron en el pasado habían desaparecido.

La espada vibró en su mano y todo a su alrededor desapareció. Uther se vio a sí mismo, más joven y vestido con ropa lujosa pero anticuada, de otra época distinta. Su otro yo le dio una mirada seria. En su mano derecha llevaba también a Excalibur, pero la suya estaba intacta y nueva.

–  Presta atención. No tenemos mucho tiempo. No hay mucho que puedas hacer para salvarte. Pero si para salvar a tu hijo.

–  ¿Arthur? ¿Qué va a pasarle a Arthur?

Con un chasquido de dedos, su otro yo desapareció y la escena cambio de nuevo. Se vio a sí mismo (esta vez sí era él, con su ropa y sus canas) en, lo que él reconoció como el pub Crow, su sitio favorito para tomar algo cuando estaba en Londres. Vio también a un chico joven, un adolescente larguirucho y escuálido, rubio con el cabello desgreñado que le robó la cartera muy hábilmente.

–  Debes encontrar a este chico. Merlin es importante para salvar a Arthur. Encuéntralo y mantenlo a tu lado. Sin él, tu familia y tu legado desaparecerán.

–  ¿Cómo? ¿Cuándo?

–  Busca a Merlin…

La visión se desvaneció, regresándole al sótano donde estaba. Con delicadeza, Uther dejó de nuevo la espada en el baúl y lo cerró. Acto seguido, metió el baúl en un maletín de metal que había traído especialmente para eso.

Tenía que ir a Londres. Sin falta. Debía encontrar a ese chico tal y como le había indicado su yo del pasado.

Abrió la puerta y se encontró con su asistente, que había estado esperando pacientemente.

–  Prepara un coche, Norman. Nos vamos a Londres. – Uther salió del pequeño monasterio casi derruido directo hacia su coche y con su asistente pisándole los talones.

Todo estaba claro en su mente en ese momento. Tenía una misión que cumplir para asegurarse la supervivencia de Arthur y su legado. Nada más importaba.

–  ¿A Londres, señor? ¿Algún negocio importante?

–  Algo por el estilo. Tengo algo importante que recoger allí.


 

¡Seguid vigilando el blog para más novedades!

 

Ficha y wall de Arthur: conoce al protagonista de Kamelot 2.0

¡La fecha se va acercando!

Cada vez queda menos para que “Kamelot 2.0” salga a la venta y lo voy a celebrar poniéndoos una nueva ficha y un nuevo wall.

En esta ocasión le toca a nuestro protagonista, Arthur P. Drake.

arthur wall

Ficha de Arthur.

Para quien tenga más curiosidad en como es el chico, leed el relato corto de Gawain, en donde participa. La verdad es que el niño salió un pelin difícil, pero se le coge cariño pronto.

En las próximas semanas, mientras esperamos a que llegue el día, terminaré de postear los cortos (ya solo queda uno), os pondré el primer capítulo para que le echéis un ojo y habrá un concurso donde sortearé varios PDF de la novela.

¡Ah! Y ya hay portada definitiva (espero…)

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¿A qué mola?

¡Ya sabéis, no perdáis de vista el blog para las novedades!

 

Nuevo corto: Morgan

¡Hola otra vez!

Aquí vengo con un nuevo corto para que conozcáis a otro personaje más de la historia, Morgan, la medio hermana de Arthur.

Y también os traigo dos nuevas portadas para que opinéis sobre ellas.

¿Cual os gusta más? ¡Opinad!

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Y ahora os dejo con Morgan. ¡Disfrutadlo!


 

Cuarto corto: Morgan.

Siempre habían creído que estaba loca. En este tiempo y en el anterior.

Pero no era así.

Nunca estuvo del todo cuerda, la verdad. Pero, contrario a lo que pensaban la mayoría, no era una sicótica ni sufría ningún trastorno de personalidad.

Cuando Morgan tocó a Excalibur la primera vez no pasó nada. Si, vio su pasado, pero eso ya lo había visto antes en sueños. Merlin y los otros creían que el tocar la espada fue lo que detonó sus problemas mentales.

Estaban muy equivocados.

No fue ninguna sorpresa ver todo aquello. Ya sabía que estaba destinada a destruir a su hermano y a Kamelot, que era una herramienta para que su verdadero amor consiguiera lo que su familia atesoraba.

Excalibur.

Y, sobre todo, estaba destinada a acabar con Merlin.

Nadie podría quitarle otra vez la satisfacción de acabar con ese desgraciado.

Aun se despertaba llorando cuando soñaba con la muerte de Mordred. Su muerte en el pasado, en aquella otra vida que ella podía recordar como si fuera ayer.

Merlin no tenía ni idea de que Morgan le había seguido después de aquella batalla, buscando acabar con él. Buscando venganza. Ese charlatán no sabía que ella le había visto rematar a Mordred cuando este agonizaba en el suelo, mal herido. La única razón por la que consiguió escapar de su venganza en aquella ocasión fue porque la Dama del Lago estaba allí y era demasiado poderosa para que Morgan la enfrentara.

Esa estúpida criatura siempre tuvo debilidad por Merlin.

No pudo, pues, vengarse. Merlin acabó desapareciendo con la Dama y se perdieron en el tiempo y el espacio. Y Morgan era mortal, a fin de cuentas. Tuvo que morir y vivir otras vidas, otras épocas. Seguir el flujo del tiempo, esperando…

Pero ahora tenía una oportunidad.

La mítica bruja no estaba a la vista en esta línea temporal y la magia de Merlin era mucho menos poderosa que en el pasado, ya que Excalibur seguía dormida esperando a su dueño.

Su propio poder también estaba menguado, todo había que decirlo, pero eso no importaba. En ese tiempo el único poder que valía era el dinero y eso le sobraba.

Tenía una oportunidad, al fin, de vengar la muerte de su amado.

Los demás verían absurdo querer vengar la muerte de alguien que, en la actualidad, estaba vivo en vez de dedicarse a disfrutar de esa segunda vida. Pero ella no era capaz de olvidar el dolor que sufrió en aquella ocasión.

Y por ese dolor Merlin debía pagar.

A su lado, Mordred abrió los ojos, sonriendo perezoso. La abrazó por la cintura de manera posesiva. Morgan desechó sus lúgubres pensamientos y se acercó a él para besarle. Se colocó sobre él, sentándose en su regazo. La sabana que cubría su cuerpo resbaló, dejándola desnuda.

–  Uhm… estas de buen humor… – comentó Mordred cuando ella le acarició el pecho.

–  ¿Sabes? Hoy es un día maravilloso para destruir Kamelot, querido.


 

 

 

¡Novedades!

¡Seguimos con las novedades en el blog sobre la novela!

Hay nueva ficha. En esta ocasión ha sido el turno de Morgan P. Drake, la medio hermana del protagonista.

Podéis leerla aquí.

¡Y un nuevo wallpaper: el de Merlin!

Merlin wall

Cada vez queda menos y la fecha está más cerca. Incluso he puesto un contador, ahí a la derecha 😄

¡Seguid atentos que pronto habrá nuevas cositas!

Tercer corto: Las sospechas de Lance

Pues aquí os dejo el tercer corto. Ya solo quedan dos más, si no recuerdo mal y si no se me ocurre otro 😄

Este está ambientado en el pasado, cuando dos de los personajes se convierten en amigos.

Espero que os guste.


 

Las sospechas de Lance.

–  ¡Es él!

– No seas absurdo, Lance. – repuso Uther con calma y sin apartar la vista del cristal. – No es nuestro “topo”. ¡Míralo! Ha salido herido por intentar salvar a mi mujer.

– ¿Y qué mejor manera de alejar sospechas? ¡Nadie se atreve a culpar a una víctima!

– No es él.

– Te estás dejando llevar por el cariño, Uther.

Uther no respondió. Siguió observando a través del cristal a Merlin, al que unas enfermeras le estaban curando las manos. Hizo una mueca al ver las terribles quemaduras que se había infligido al intentar sacar del coche en llamas a su mujer.

– ¿Cómo puedes seguir pensando que era el traidor que buscamos?

Suspirando, Lance dejó de mirar al chico para ver el reflejo de su jefe. Se estaba haciendo mayor para eso. Ya no solo tenía arrugas, sino que también empezaban a salirle canas.

Esta vez habían salido muy mal parados. Casi pierden a Uther. Una llamada de negocios de última hora truncó el destino, impidiéndole asistir a la función de teatro de su hijo pequeño. Solo su esposa Ginny pudo ir, acompañada por Joss y tres hombres del servicio de seguridad.

Ninguno vio venir el ataque. Ni los disparos. Ni el fuego que se produjo cuando el coche se salió de la carretera y dio varias vueltas de campana. Era un milagro que solo hubieran dos muertos.

Ginny y uno de los guardaespaldas.

Joss era muy joven, a pesar de que muchas veces lo olvidaba ya que siempre se comportaba más como alguien de la edad de su jefe que de la suya propia. Tenía veintitrés y había empezado a asistir a Uther como secretario un par de años antes. Pero a pesar de su juventud sacó del coche en llamas al pequeño Arthur y el cuerpo sin vida de la señora P. Drake, costándole aquello las horribles quemaduras que ahora tenía en sus manos.

El chico había permanecido en la unidad de quemados durante semanas. Todavía era pronto para evaluar la totalidad del daño producido por el fuego, pero era bastante probable que no recuperara la movilidad total de los dedos de ambas manos.

Lance refunfuñó por lo bajo, siguiendo la mirada de su jefe y observando al muchacho en la habitación.  Debía reconocer que sus sospechas no tenían mucho fundamento y solo estaban basadas en que no confiaba en el chico.

Cuando Uther le ofreció ese trabajo, años atrás, Lance investigó a todo el personal de la empresa, Merlin incluido. No quería sorpresas desagradables. Había oído la historia de cómo se conocieron Uther y él, en Londres, cuando le intentó robar la cartera. Razón de más para asegurarse de que ese chico no resultaba ser un problema en el futuro.

Lo que se encontró fue desalentador. O, mejor dicho, lo que no encontró.

Joss Merlin no existía antes de aparecer ese día en Londres y tropezarse con Uther. No había ningún registro de nacimiento, documentos de identidad o cualquier clase de papel legal que llevara su nombre.

Absolutamente nada.

Cuando le comentó a Uther el asunto, este le restó importancia. El chico había crecido en la calle. Seguramente fue abandonado de bebe o criado en un hospicio y se habría cambiado el nombre sin registrarlo. Era normal que no encontrara nada.

Pero Lance seguía sospechando de él aunque el chico nunca diera motivos para pensar mal. Su jefe siempre le trató como si fuera parte de su familia y Joss le correspondió con respeto y una lealtad incuestionables.

– ¿Qué ha dicho el médico sobre Arthur? – su jefe suspiró, luciendo cansado.

– Está bien. Se golpeó la cabeza en el accidente y parece ser que eso le causó una leve amnesia que le impide recordar nada de lo sucedido. Le va a quedar una cicatriz en la barbilla por el corte que se hizo.

– Puede que sea mejor que no recuerde. No iba a hacerle ningún bien.

Lance observó su propio reflejo en el cristal, también. Llevaba días sin dormir apenas intentando encontrar algo que relacionara a los asesinos a sueldo que habían llevado a cabo ese atentado contra sus jefes (y de los que ya se habían deshecho adecuadamente) y su principal sospechoso.

No tenían nada aun.

Sus ojos marrones estaban enrojecidos por la falta de sueño y su cabello rubio empezaba a necesitar un corte. Estaba demasiado largo.

– Si… ya sabe lo de su madre, pero le he dicho que ha sido un conductor borracho. He dado órdenes en Kamelot para que nadie comente lo realmente ocurrido delante de él. Se lo explicare cuando sea más mayor.

– Por supuesto.

– Estaba pensando en sacarlo de aquí unos días con Morgan. – Uther se pasó una mano por la cara. – Llevármelos a la cabaña que tengo en Nebraska, para desconectar y evitar a los paparazis por un tiempo.

– Haré los preparativos.

– Quiero que te quedes y lleves a Joss a casa. No quiero que esté solo después de lo que ha pasado. Podrían intentar volver a terminar el trabajo.

– Tristan puede ocuparse de él. Prefiero ocuparme de tu seguridad.

– Tristan puede ocuparse de mi seguridad junto con Percy y quien tu digas más. Pero quiero que te quedes con él.

– ¿Por qué?

Uther se giró, dándole la espalda al cristal por primera vez desde que llegara y le miró a los ojos.

– Sé que no confías en él. Tienes tus razones y me preocuparía si no fuera así, pero Joss no es un traidor. Confío en él con mi vida.

– Lo sé y no he podido entenderlo nunca.

– Por eso quiero que te quedes con él. Para que le conozcas de una vez. Cuando lo hagas te darás cuenta de que no tienes nada que temer de él.

– ¡No le tengo miedo!

– Los médicos le darán el alta esta tarde. – Uther ignoró sus protestas y se colocó el abrigo, preparándose para salir de allí. – Cuídale hasta que regresemos a Kamelot. Va a necesitar mucha ayuda y cuidados.

– Sí señor.

Como predijo Uther, Merlin recibió el alta esa misma tarde. Durante todo el día Lance se limitó a mirar por el cristal mientras las enfermeras y médicos iban y venían, haciéndole algunas pruebas y curas.

Pero no quiso entrar en la habitación para hablar con él.

Desde donde estaba pudo ver el estado de sus manos, bastante mejorado pero las cicatrices se intuían horribles y sospechaba que le durarían toda su vida. Observó el dolor y el miedo mientras el médico hablaba con él y le cambiaba el vendaje. No estaba recibiendo buenas noticias, por lo que se veía.

Cuando llegó por fin la hora de marcharse, Lance le observó intentando abrocharse la camisa sin ayuda y con las manos aun vendadas. La desesperación del chico crecía con cada intento hasta que el mismo Lance no pudo seguir viéndole fallar.

Entró a la habitación, para asombro de Merlin, y se arrodilló frente a él, apartándole las manos con cuidado antes de comenzar a abrocharle los botones. El olor a antiséptico le hizo arrugar la nariz. Odiaba los hospitales.

– No hacía falta.

– Uther me pidió que te cuidara. – el chico sonrió amargo.

– Uther se preocupa demasiado. No hacía falta que te obligara a quedarte aquí. – Lance se encogió de hombros, abrochando el último botón.

– Quizás si hacía falta.

– Te caigo mal y no te fías de mí. – Lance suspiró, pasando una mano por la camisa del otro para quitar una arruga.

– Más bien lo segundo. No me caes mal, Joss. Pero no me gusta lo que no conozco. En mi trabajo no conocer algo es lo mismo que morir. No es aconsejable.

– ¿Estabas vigilando que no fuera a hacer daño a alguien? – preguntó sorprendido. – No soy muy peligroso ahora. Más bien un invalido… inútil y desfigurado. – terminó, mirándose las manos con amargura. Lance suspiró de nuevo. Esto no iba como debía. ¿Por qué le molestaba tanto que el chico estuviera triste?

Con cuidado cogió una de las manos vendadas del otro y la sostuvo delante de su cara.

– Esto no te convierte en ningún inútil. Los médicos han dicho que puedes recuperar la mayor parte de la movilidad. Podrás hacer vida casi normal con estas manos. Y nadie tiene por qué ver las cicatrices si no quieres, pero no creo que tengan nada de malo.

– ¿Cómo puedes decir eso? ¡Son horribles!

– Te las hiciste tratando de salvar a alguien. No veo razón más noble para tener algo así. No hacen más que mejorar lo que ya se ve.

Eso sacó una pequeña sonrisa al chico. Lance sintió algo que hacía siglos que no sentía al ver esa sonrisa.

– Ten cuidado, Lothsome. Cualquiera podría pensar que te caigo bien.

– Nah… aun sigo sin fiarme de ti. – le respondió, sonriéndole de vuelta.


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